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PREÁMBULO Hoy,
después de muchos años, he regresado al valle donde transcurrió mi niñez.
He recorrido sus veredas y me he sentado junto a la vieja higuera. Desde allí,
como antaño, he contemplado el río que se pierde entre los agujeros de las
sombras de los árboles. He vuelto a ver nacer la mañana entre las jaras del
monte y he dejado que su luz blanca pinte en mi cara la máscara de la vejez.
Me he dormido con el canto de los gorriones y he despertado con el zumbido de
las cansinas moscas de la siesta, danzando su vuelo al compás de la música
de las chicharras. De
nuevo, he vuelto a sentir la magia del campo despertando a mis instintos
perdidos en mis largas estancias en las ciudades del mundo. Mis recuerdos se
han activado. Me he visto correr por el valle junto a mi querida Elena, bañándonos
en el polvo de los caminos e imaginándonos castillos de gigantes. He visto a
mi padre acariciar a sus perros hablándome dulcemente de los problemas de la
vida, contándome cuentos de animales y de estrellas y de jardines fantásticos.
He sentido a mi madre curándome el alma... y han pasado por mis cansados ojos
las imágenes de don Andrés, don Tomás y doña Aurora... Me ciegan las lágrimas...
La
vuelta al valle me ha hecho sentir la nostalgia de mi juventud. Me siento sólo
en este inmenso jardín al que sólo le falta las ardillas de la fábula que
me contó mi padre cuando yo, aún, era un niño. He
sentido un gran impulso por contar mi vida con Elena, abrigando la esperanza
de que, al terminar esta historia, el valle se llene de ardillas para
completar mi jardín... |