Un Capítulo



CAPÍTULO VII

  

“El tiempo es como la gran losa que, invisible, aplasta la libertad de los hombres. Nacemos sin saberlo e inmediatamente Cronos nos acoge para devorarnos lentamente. De forma imperceptible, nos convierte en sus esclavos, y toda nuestra vida transcurre como una ceremonia de movimientos periódicos alrededor del poderoso dios. Nuestra existencia gira en la noria gigante del tiempo que acelera su ritmo, que desencadena su voraz apetito en las postrimerías de su juego.

Mi niñez, a partir de los diez años, transcurrió lenta, marcada por la ausencia de mi madre y la cárcel del internado. Transcurrió lenta a través de mi propia indefinición, de mis insatisfacciones de niño violentado en su propia naturaleza. Transcurrió lenta para el adolescente que, jugando con su pensamiento, sólo podía concretar sus definiciones a través de fantasías idílicas. De una primera infancia pletórica, en la que la libertad fue mi compañera inseparable, en la que ni los campos de mi pueblo eran fronteras, pasé a la más atroz de las cárceles... Hasta los diez años correteé por todas las calles de Torredelcampo, recorrí sus pequeños vallecillos y subí a todas sus colinas; me arrastré en las eras, jugué a esconderme entre las zarzas, me zambullí en su arroyo e hice cuantas travesuras podían esperarse de mí. Mi ser fue la propia libertad que nacía de la inconsciencia de la infancia y se agrandaba por la idiosincrasia del pueblo y, tal vez, porque así vivían, en aquellos tiempos, todos los niños de todos los pueblos.

Desde un poco más arriba de la lindera de mi cortijo, desde la falda norte de Jabalcuz, se ve un pueblo de casas blancas, al pie del Miguelico y Los Morteros, dándole entrada a la inmensa campiña que se pierde en el horizonte, en el océano de olivares salpicados de islas amarillas de las mieses recién segadas. Hasta allí llegan los crujidos de la trilla y los aromas del viento cargado de pajas del trigo y la cebada del aviento, y se escuchan las "gañanas" que cantan los segadores al tórrido sol de julio, las "temporeras" acompañadas por el rugido chirriante de los dientes de la trilladora y acompasadas por las castañuelas del suave galopar de la mula, que da vueltas sobre vueltas en las eras torrecampeñas. Desde allí, los caminos amarillos de siesta serpentean su vagar hasta las calles del pueblo, y desde la Fuente Nueva se hacen casas blancas en geométricas irregularidades, hasta descansar sobre el arroyo Santa Ana, que, como un espejito de plata, le da el resplandor de estrella al pueblo de Torredelcampo.

Yo jugaba en sus calles e iba muchas veces andando hasta Cuesta Negra en busca de mi poni, el que me regaló mi padre cuando cumplí los ocho años; a horcajadas trotaba sobre las veredas, y el animalillo, conociendo mi condición de niño, cuidaba de mí como si de su hijo se tratara. Su galopar lo hacía suave, y cuando notaba que yo me agarraba fuertemente a sus crines, sentía mi miedo y, rápidamente, se frenaba hasta unos trotecillos que terminaban en un andar lento y sereno, con un movimiento de su trasero que a todos causaba risa. El animal conocía todas las calles del pueblo y todos los senderos que llevaban a los parajes, en los que los niños solíamos jugar: a la Pilica, a los Puentecillos, a la "Cañá Lucás". Cuando, subido a su lomo, yo no lo dirigía a ningún sitio, él caminaba sin rumbo buscando las calles más empinadas, y sólo se paraba cuando veía un corro de niños de mi edad. Entonces me apeaba y él, con una paciencia infinita, contemplaba nuestros juegos sin moverse del sitio en el que lo había dejado. Allí permanecía las horas muertas hasta que de nuevo lo montaba y, solo, callado, sin yo decirle nada, me llevaba hasta mi casa.

Mi poni era el compañero inseparable en todas mis correrías infantiles. Unas veces en Cuesta Negra, otras en el pueblo, el caballo compartía mis juegos y los de mis amigos; era testigo de las travesuras que, ideadas por Curro, ejecutábamos entre ambos. Era testigo mudo , y permanecía impávido, o, a veces, en pocas ocasiones, nos regañaba con un suave relincho, nos miraba con sus ojos grandes y luego inclinaba su enorme cabezota... El animal comprendía que algo malo estábamos haciendo... El día en el que, con nuestros tirachinas, nos dedicamos a romper los tiestos de las macetas que pendían de los balcones de la calle Aguilar, Aquiles - como lo bautizó mi padre, seguramente por las patas tan fuertes y gruesas que tenía - se puso muy inquieto. Esta vez no relinchó, sino que comenzó a darnos empelladas con su hocico, a empujarnos, como invitándonos a la huida. A tiempo pudimos escapar de los "serenos", que, vergajo en mano, venían a sacudirnos. Aquiles era muy entendido y más sensato que los niños de mi pueblo... “

A Antonio José, el día que le anunciaron que tenía una visita, nada le hacía sospechar que aquel acontecimiento, aparentemente insignificante, sería el prólogo del resto de su vida. A partir de aquel encuentro con Theany, algo empezó a cambiar dentro de él, tal vez fue el primer encuentro con la realidad de sus propias fantasías. Desde aquel día, en el que la parte más escondida del cuerpo de Theany se mostró velada por una cortinilla de encaje, desde aquel día, una gran obsesión empezó a apoderarse de su mente de adolescente y se abrió al sexo desde el misterio de aquel visillo, y, desde entonces, en todas las mujeres veía aquel triángulo que se escondía tras una cortina de encaje.

Aquella misma noche, cuando regresó a su cuarto del internado, no pudo reprimir la curiosidad y descolgó el espejo que había encima del lavabo, lo situó frente a la silla del dormitorio, se sentó y, después de quitarse los pantalones y con el mandilón a forma de vestido, imitó la postura de Theany. Aquello que vio en el espejo no era igual a lo que, un poco rato antes, había contemplado en su vecina del pueblo, ni a aquello que él recordaba de su amiguita de la infancia; había, tal vez, un cierto parecido, pero también había algo que, sin poderlo precisar, le restaba lo que de “sugerente” y misterioso encontró en los, hasta ahora, únicos dos “triángulos” de mujer que él había visto.

Desde aquel día su curiosidad fue aumentando paralelamente a su obsesión, pero no se atrevió a preguntarle a nadie, ni tan siquiera se lo comentó a su amigo Simón, sino que se dedicó a ojear cuantos libros de anatomía caían en sus manos. Pero en aquel Colegio, los cuerpos humanos eran asexuados, los curas cuidaban de que los libros de estudio pasaran por alto las diferencias anatómicas entre hombres y mujeres. Antonio José tuvo que pasar mucho tiempo con su obsesión, y tanta era, que hasta llegó a examinar el esqueleto que se exhibía en el Laboratorio de Ciencias Naturales, pero por mucho que escrutó entre los dos fémures, nada le daba la clave de lo que él buscaba.

Aquella novia, que, por aburrimiento, se inventó Antonio José, empezó, desde aquel día, a tener un cuerpo distinto. Desde aquel día, sus piernas dejaron de arrancar desde el final del resto del cuerpo, para nacer, según la imaginación del adolescente, desde un triángulo mucho más sugerente aún que el de Theany.

Hasta el curso siguiente, en el que Simón le enseñó una fotografía, no había visto ninguna mujer desnuda, tal vez por ser hijo único y no tener hermanas. Aunque intuía cómo podría ser la anatomía femenina, jamás estaba seguro de si, lo que imaginaba, coincidía con la realidad. Su instinto le hacía pensar en que la mujer debería tener órganos complementarios a los suyos, pero no podía suponer, ni su ubicación exacta, ni tan siquiera la forma externa que podría presentar la oquedad que él sospechaba. Por todo ello, al ver, en la fotografía, a la mujer desnuda, quedó enormemente sorprendido, porque lo que vio en ella no fue el escenario que imaginó que se ocultaba tras las cortinas de la prenda más íntima de Theany.

Conforme transcurría el tiempo, el misterio se le hacía más insondable y todas sus apetencias (no se sabe si sexuales o inocentes) pasaban por espiar a las mujeres sentadas, y mirar por entre sus piernas para buscar su “triángulo mágico” y, así, se convirtió en alguien mucho más extraño aún, alguien que sólo deseaba salir del colegio para sentarse en cualquier terraza de cualquier bar frente a cualquier mujer.

Las soledades de Antonio José se hicieron más profundas...

“... Cuando cumplí los dieciséis años, el Colegio dejó de parecerme una cárcel, porque en aquellos momentos era mi alma la que se encontraba encarcelada y la falta de libertad del cuerpo no es nada cuando es la propia alma la que se encuentra prisionera de fantasías obsesivas. No me retenían los muros del colegio, ni me ataba la férrea disciplina que imponían los curas, me aprisionaban mis propios pensamientos que envolvían a mi existencia en un sinfín de incertidumbres. Por lo que cuentan de mí, alguien podría pensar que mis únicas inquietudes de aquellos días sólo eran las relacionadas con el sexo. Es cierto que eso me inquietaba y no poco, pero lo que también es cierto es que mi mente era asaltada por otros muchos interrogantes para los que yo no tenía respuesta. No puedo saber cómo podría ser el pensamiento del resto de los adolescentes, no sé si su mundo sería tan tenebroso como el mío, si su imaginación se nutría de miles de fantasmas, los mismos que a mí me asaltaban. Lo que sí puedo decir es que yo me sentía diferente, como encerrado en una tremenda coraza que nada ni nadie podía traspasar. Me sentía aislado en mí mismo, prisionero, encarcelado...”

Un día, Antonio José conoció a Ramiro. Fue por casualidad... Estaba riéndose de él, mientras su mundo se hundía tras sus pensamientos, y cuando una lágrima había empezado a resbalar por su mejilla. Era un día de febrero, el cielo estaba lleno de nubes negras, y el viento azotaba con furia sobre las farolas del colegio, sobre todos los cristales de todas las ventanas, sobre las ramas de todos los árboles y, al compás de sus silbidos, un sinfín de ruidos atronaban la tarde. La torre del colegio situada en su centro, pretendía embozarse con la gran capa negra que ensombrecía el cielo, y por doquier, entre los sonidos del viento, se oían las voces de los chiquillos que jugaban a multitud de juegos.

Antonio José permanecía sentado en su poyete habitual, absorto, como siempre, en sus pensamientos. Perdida la mirada, en no sabemos qué infinito, no oía más que el clamor de sus inquietudes. Ramiro se sentó junto a él y, al ver cómo las lágrimas brotaban de sus ojos, se echó a reír, inició su cruel burla intentando llamar la atención de otros compañeros para que rieran con él las desgracias del afligido Antonio José. Tal vez lloraba pensando en su madre, o lloraba porque sentía el mundo inabarcable, o lloraba porque no encontraba la verdad de sus pensamientos.

Antonio José lloraba, y Ramiro levantaba su voz burlona sin que nadie pudiera escucharlo. Al fin se inquietó viendo la pasividad de su compañero y, tal vez sintió pena de él:

- ¿Tú estás en quinto, verdad? – le preguntó en un intento fallido de iniciar conversación - ¿qué te ocurre, te has caído?.

Antonio José levantó la mirada, gesticuló con la cabeza, dándole a entender que no era eso lo que le pasaba, y volvió a sumirse en su tristeza, en su mundo de la nada. Siguió enajenado a cuanto acontecía a su alrededor. Ramiro se marchó con gesto de extrañeza. Antonio José siguió con sus silenciosos lamentos...

Al día siguiente, aprovechando que Antonio José se encontraba más sereno, Ramiro le interrogó:

- ¿Qué te ocurría ayer que, mientras llorabas, quise hablar contigo, pero ni me contestaste?

- Lo lamento - le contestó Antonio José - hay días que me siento tan extraño que no puedo evitar soltar alguna lágrima, y el caso es que no sé por qué lloro.

- Eso nos ocurre a todos - le consoló Ramiro - mi madre dice que es un síntoma de la edad, pero que pronto se pasa. Mírame, a mí ya se me ha pasado, y a pesar de que algunos días también me encuentro triste, al menos ya no me da por llorar.

- ¿También llorabas tú? - le preguntó sorprendido.

- Sí, y mucho. Generalmente me ocurría cuando estaba sólo en la cama y nadie podía verme. Lloraba por nada o por casi todo...

- ¿Te ríes de mí? - interrumpió incrédulo Antonio José

- No, te lo prometo y te lo juro por...

- Es fantástico - interrumpió Antonio José - creía que sólo me ocurría a mí.

Y sonrió, como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo. Sonrió porque, por primera vez en su vida, se veía reflejado en su compañero, y pudo comprender que lo que a él le ocurría no era una rareza suya. Momentáneamente se sintió consolado por las palabras del que, desde ese momento, se convertiría en su amigo inseparable. En efecto, entre Antonio José y Ramiro surgió una gran amistad, que se prolongaría mucho más allá de las andanzas del colegio.

En las vacaciones de Semana Santa, Ramiro lo invitó a su casa, y allí conoció a su hermana Teresa. Era una joven algo menor que él, de ojos grandes y negros, con mirada picarona, y resuelta en sus ademanes. Vestía, cuando la vio por primera vez, un pantalón de lana marrón y sostenía su largo cabello, algo descuidado, con una cinta ancha, estampada de flores, que, arropando su frente, anudaba en su nuca. De sus clavículas, que destacaban en exceso, pendía un jersey, también de lana, y que le llegaba, casi, hasta media pierna. Su aspecto era extravagante, pero el carácter abierto y cariñoso de la chica, llamó poderosamente la atención de nuestro amigo, hasta el punto de que, a los pocos días de tratar con ella, olvidó a su novia inventada y la sustituyó por su amiga Teresa, lo que no significó que él le hablara de sentimiento alguno. No le habló, por ejemplo, de que tenía una novia imaginaria, ni le habló de la insoportable desesperación que en ocasiones le invadía y, menos aún, de sus obsesiones. No le habló, por aquel entonces, de su madre perdida, ni de las crueldades de su padre, ni de su madrastra, ni de lo infeliz que se encontraba en el colegio. Antonio José se sentía feliz en aquella casa, y era como si en él hubiera renacido un hombre nuevo. Tanto es así, que sus vacaciones terminaron demasiado rápidamente, y tuvo que volver al colegio con un sentido de tiempo inacabado, de precipitación, de vuelta prematura. No podía entender cómo el tiempo, que hasta entonces había transcurrido con tremenda lentitud, en esas vacaciones, se había precipitado con velocidad inusitada.

Su tiempo se convirtió, desde ese día en que volvió al colegio, en una nueva obsesión. Ahora sí que tenía motivos para llorar, o al menos tenía más motivos.

Por muchos razonamientos que se hacía, no podía entender la necesidad de su vuelta a la monotonía de las horas inacabables, del sufrimiento sin sentido que las dependencias del internado producían en su alma joven.