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CAPÍTULO I
Escuché un fuerte estruendo y, en el mismo instante un agudo dolor en el pecho. Luego sucedió un gran silencio y una paz eterna, tan
eterna que aún, cuando han transcurrido tantísimos años, perdura inconmovible. Nada se inmuta desde entonces y nada perturba ese
sosiego, que nació para siempre desde una ráfaga de luz que salpicó mi cara e hirió mi corazón.
Fue a traición, porque fue a escondidas, aprovechando la oscuridad de la noche, refugiándose en el anonimato de las esquinas desiertas,
a esas horas en las que los lobos, desde las lejanas montañas, dejan escapar sus agudos aullidos, que llegan aterrados hasta el pueblo
desde Jabalcuz o desde los Morteros. Fue a traición, porque ocurrió mientras la luna se ocultaba tras los montes de la Sierra Sur,
prolongando su sombra de tinieblas por todas las calles del pueblo sólo alumbradas, de vez en cuando, por la llama tenue del farol de
algún viandante o el amarillo sinuoso que escapa casi sin luz del cristal de alguna ventana. A traición, porque el frío de esa noche
embozaba todos los rostros de cualquier transeúnte en su capa espesa o en su gabán o en la ancha bufanda, ocultando su cara de
cualquier posible reconocimiento.
Estaba a punto de pasar el mes de enero, porque su último día, el treinta y uno se despedía entre la frialdad de aquella noche a punto
de dar las doce campanadas en el reloj de la Iglesia; esas campanadas que reprimen sus ecos durante las madrugadas heladas, como
temiendo despertar a las tinieblas que duermen serenas, hasta el amanecer, el recogimiento de los humanos en la paz de las
oscuridades del invierno.
En las horas que siguieron, nadie lloró mi muerte, y el rocío de la noche puso perlas blancas en mis cabellos. Nadie cerró mis ojos en
aquella noche aciaga y permanecieron entreabiertos, un poco vidriosos, al ser cegados por aquel resplandor brillante de la pólvora
que instantáneamente iluminó la esquina de mi muerte.
Desde no sé qué sitio pude verme tendido en el suelo, pude ver mi cuerpo sin vida, pero no me fue posible conocer a mi asesino; el
cobarde me había esperado apostado tras el portón del Hospitalico en la calle Oscura. Oculto su rostro por una raída capa, presentí
que huyó por la calle La Mosca y se perdió por la encrucijada de calles que pueden desembocar en cualquier sitio, en la calle Llana,
o en la plaza o en la carretera de carrozas a la que hoy llaman Avenida de la Constitución; el hecho es que perdí su pista y nada
pude saber, en ese momento, de la identidad del criminal que disparó su trabuco contra mi pecho.
La noche pasó lenta, y yo, que no sentía absolutamente nada, quedé como atrapado junto a mi cuerpo yaciente, esperando que alguien
cerrara mis ojos y me dedicara unas lágrimas. Porque…, es cierto que dejé de percibir sensaciones desagradables, ni el dolor ni el
frío de la noche hacían ya mella en mí, pero sí que las emociones se habían exaltado: esa paz, que me embargaba, se mezclaba con un
gran sentimiento de amor, mucho más fuerte que el que sentía en vida. Amor a mi familia. Amor a esa novia casi recién estrenada, a la
que hoy mismo le había comunicado mi deseo de salir con ella. Amor a esos amigos con los que, hacía un rato, había celebrado, con
copas de vino y anís, mi diecinueve cumpleaños. Amor a mi cuerpo que se encontraba postrado en el suelo y falto del calor humano. No
es que sufriera por ello, - hoy sé que en aquel instante perdí la capacidad de sufrimiento -, tampoco sentía la ansiedad de un deseo
no cumplido; simplemente, también amaba a mi cuerpo y quería que fuese encontrado por mis seres más queridos.
Oí los llantos, al amanecer del día siguiente, y vi derramar las lágrimas de aquellos que me querían. Sentí cómo mi madre lavaba mi
cara con su profundo llorar y percibí sus caricias y comprendí sus gritos. Noté la tristeza de mi padre y el peso de su amor llenó mi
alma. él no hacía aspavientos como mi madre, ni lloraba abiertamente, pero, de vez en cuando, una muy gruesa lágrima resbalaba por su
mejilla y sentía como si un gran puño apretara su corazón hasta el punto que, pensaba que de un momento a otro, dejaría de latir.
Extraña sensación, la tristeza de mi padre, lejos de apenarme, me ensalzaba más su amor y la figura del hombre, al que había admirado
toda mi vida, se agigantaba con cada una de las lágrimas que, furtivas, escapaban de sus ojos y recorrían su cara. Mi padre reprimía
su llanto, pero su naturaleza, amable y sensible, invertía su lloro que escapaba líquido, como un torrente incontenible, por su
nariz que humedecía continuamente su espeso bigote. Él se restregaba con su mano cerrada queriendo secar su mostacho que, poco a
poco, iba convirtiéndose en una catarata de lágrimas desviadas de su cauce natural, desviadas hacia los lagrimales. Mi padre
lloraba por dentro… y ¡Cómo lloraba!. Mi hermana María, permanecía en un rincón como asustada, a sus dieciséis años jamás había
visto un muerto; era mi cadáver el primero que veía, y sus sentimientos se debatían entre el horror, el temor y el llanto que
emanaba del profundo amor que me profesaba.
Pronto mi casa empezó a llenarse de gente, arreciaron los llantos y todas las habitaciones se llenaron de murmullos. Todo el pueblo
acudió al conocer mi desgracia, y, a media mañana, llegaron mis tíos y mis tías acompañados de mis quince primos. Alguien, por la
mañana temprano, llevó la noticia a Carchelejo. Galopó sin descanso y, a eso de las doce, llegaron mis tías vestidas de negro,
llorando a gritos, y mis tíos, con la cabeza baja y sus gorras sobre sus manos. En la puerta dejaron los carros y ataron las yeguas
en mi cuadra, y mis primos, los más pequeños, se quedaron jugando en el coche de caballos que, hacía dos meses, había comprado mi
padre. Era una calesa, un carruaje de dos ruedas, con la caja abierta por delante y una capota de cuero negra. El interior era
casi lujoso, con asientos tapizados en terciopelo y con posa-brazos revestidos de encaje. Fue un regalo para mi madre que ya era
"gran señora" desde que la tienda marchaba tan bien y por lo tanto tenía que codearse con las mejores damas de la sociedad
torrecampeña.
Efectivamente, mis tres hermanos, y yo con menos contribución por ser el menor, habíamos hecho ricos a mis padres desde que
trasladamos nuestro establecimiento a la calle "Las Tiendas", un comercio que, aunque en un principio fue humilde, una simple tienda
de comestibles, en poco tiempo se hizo grande a base de vender de todo lo que era vendible. Lo mismo comerciábamos con harina que con
cebada para los animales o albardas para las bestias, o aperos de labranza o botijos y botijas que siempre estaban expuestas
colgando de los dinteles de las puertas de la tienda. También participábamos en transacciones de altas finanzas y, por encargo,
nos convertíamos en corredores de fincas, negocio bien remunerado, ya que se hacía con una comisión de algunas perrillas sobre cada
uno de los olivos vendidos o mucho más por cada cuerda de tierra calma, o, si se trataba de una casa, por el número de habitaciones,
incluyendo cuadras, establos y patios, o cocheras, si la casa era de un rico. El negocio crecía tanto que, al segundo año de nuestro
traslado, pudimos comprar los bajos alquilados donde habíamos establecido la tienda. No podíamos quejarnos; la habilidad de mis
hermanos para los negocios nos había enriquecido y nos hacía gozar de una buena posición social en el pueblo.
Al pasar el medio día, sobre las dos de la tarde, Agapita, la vecina de la casa de arriba, trajo pucheros de caldo hecho de huesos
viejos de jamón y de los restos de la gallina que habían matado el día anterior y con ellos obsequió a todos los presentes que se
olvidaron de llantos y rezos mientras degustaban tan apetitoso consomé y mordían ávidos los trozos de la hogaza que, otra vecina, a
la cual no recuerdo, había también llevado para la manutención de los dolientes… Y comieron otros manjares, donativos todos de otras
piadosas mujeres que, de más arriba o del frente eran vecinas de mi casa. Durante la comida se hizo un gran silencio, porque duelos
y apetitos, no sé si son o no compatibles, pero el hecho es que, llegados estos, desaparecen aquellos hasta estar saciados los
dolientes estómagos. Dentro de mi paz imperturbable, me sentí un poco extraño al ver cuán fugaz eran las penas cuando la barriga
hablaba, pero… así es la condición humana y…
Un poco antes de las cinco llegaron los concejales, el Alcalde y el Corregidor de Mancha Real, y poco rato después el cura con capa
pluvial negra y un bonete que de raído parecía sacado del siglo pasado, cuando lo pardo casi seguro que era negro. Le acompañaban
monaguillos con sotanas rojas y roquetes blancos y todos cantaban en un gregoriano degradado por soniquetes pueblerinos. Cerraron mi
ataúd y el cura arrojó agua bendita con su hisopo sobre la tapa de mi caja de madera fina, primorosamente barnizada y que en el
centro de la parte superior lucía un gran crucifijo de bronce. Los gritos de mi madre se hicieron más estridentes y los de mis tías
también arreciaron cuando todos salíamos de mi casa en comitiva hacia la iglesia que se encontraba a muy pocos pasos. Desde allí me
llevaron al cementerio del pueblo adonde sólo unos pocos me acompañaron, ya que la mayoría, después de los pésames acostumbrados, se
fueron a sus casas.
Aunque no era costumbre que las mujeres acompañaran al féretro, vi a mi novia a una prudente distancia, con los ojos bañados de
lágrimas, que seguía a la comitiva fúnebre. Ella había permanecido desde primeras horas de la mañana en mi casa. Había llegado al poco
rato de que dos labriegos madrugadores encontraran mi cuerpo sin vida, y los municipales, en presencia del alguacilillo, lo llevaran
a mi casa. Llegó sobresaltada, gritando si era verdad la noticia que acababan de darle, porque, aunque era por la mañana temprano,
la crónica de mi asesinato corrió por todo el pueblo con la misma velocidad con que lo hace el fuego sobre la pólvora. Llegó aturdida
e incrédula. No podía imaginarse a su ayer estrenado novio, muerto hoy unas pocas horas después. Sollozando se marchó a su casa y
volvió toda vestida de negro.
Era morena de pelo y ojos de azabache, pero sus mejillas eran sonrosadas, contraste que, junto con la exquisitez de los rasgos de su
rostro, la caracterizaban por una especial belleza y la hacían destacar sobre la de sus contemporáneas. No era altísima, pero sí
esbelta, de pecho algo prominente y angosta cintura. No sabía cómo eran sus piernas, porque no había tenido tiempo de verlas -
acabábamos de ser novios entre nosotros, y ni siquiera era oficial, aunque todo el mundo sospechaba desde hacía mucho tiempo que
acabaríamos siéndolo -; yo las imaginaba de muslos anchotes y que iban afilándose proporcionalmente conforme avanzaban hacia el
tobillo; unas piernas en su conjunto espigadas y de buena compostura; puedo decir que el pie que sobresalía de su vestido era fino y
primoroso.
Volvió mi novia, como había dicho, al poco rato de marcharse, ya vestida de negro y su pena le había marcado el rostro perdiendo su
sonrosado y sustituyéndolo ahora por una gran palidez. Bajo sus ojos, ya irritados por el llanto silencioso, habían salido ojeras, y
sus pupilas descansaban sobre esferas recorridas por grietas rojas que, a modo de laberinto recorrían toda la córnea. No quiso verme
en el féretro, tal vez para conservar en su memoria mi última sonrisa después de aquel beso, que tras su sí, estampé en su mejilla.
Estuvo todo el rato, hasta mi entierro, en un rincón de mi casa, llorando a solas y sin hablar con nadie. Yo la veía, unas veces
cabizbaja, otras con su rostro herido por la tragedia en el que las lágrimas parecían hacer cicatrices, pero sin perder un ápice de
su singular belleza, a pesar de las huellas del dolor en su cara. Si hubiera podido sentir pena, la habría sentido por ella, pero mi
único sentimiento era de gozo, al percatarme de cómo me quería por lo grande que era su sufrimiento. Ella, a distancia del resto de
los dolientes, acompañó a mi féretro hasta el cementerio del pueblo, en el que me dieron sepultura.
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