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PRÓLOGO EL
ANCHO MUNDO DE LOS SUEÑOS
Por: José Luis Buendía López Profesor
Titular de Literatura de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Jaén "Se
hace el pobre, siendo como es, tan rico", le contaba a Pedro el
protagonista de la novela "El jardín de las ardillas", un padre
campesino, imbuido por el toque especial de la fantasía creadora, e incluía un
mensaje en el cual, los pequeños roedores del bosque, imbuían esperanza en
alguien que se sentía muy solo, muy pobre, y que gracias a esas amigas
irracionales, toma pronto conciencia de su riqueza, es decir, de poseerlo todo
sin atesorar nada, gracias precisamente a carecer hasta de lo más elemental:
"comprendió que, en efecto, poseía más que nadie en el mundo: todas las
flores del campo y las mariposas y los animalillos, los gorriones y los
vencejos..." A
Pedro, el protagonista de la novela de Antero Jiménez, la fábula le sirve para
construir su vida en torno a un ir y venir de desavenencias espirituales sobre
su propia personalidad. Todo en este protagonista se mueve en el círculo de las
contradicciones que un hombre puede generar alrededor de una existencia sin
grandes avatares externos, construida más bien como una aventura espiritual,
una acción que más bien es pasión, aprendizaje. El
relato cuenta, con técnicas de salto atrás en el tiempo, lo que ha sido la
vida de un médico que, con un pie ya en la otra vida, hace balance de ésta.
Nos va dando cuenta fiel de los elementos de la misma que constituyen lo que
podemos considerar sus éxitos y sus fracasos. Tanto los unos como los otros
aparecen descritos por parejas, de forma dual que parece reflejar ese alfa y
omega en que consiste nuestro paso por el mundo. Así, al mismo tiempo que se
narra el amor hacia la madre, nos informa del dolor de su pérdida antes de
poder gozar de su afecto; el descubrimiento del amor y del sexo aparecen ligados
a terribles represiones que hacen enloquecer al protagonista; su descubrimiento
de la madurez, la etapa universitaria, etc, no se desprenden casi nunca de esta
sensación agridulce que deviene al pensar que en todo goce hay escondido un
peligro, una sensación de pérdida prematura del paraíso que conduce al
alejamiento definitivo de éste. Como
todas las criaturas de las buenas novelas, Pedro es un personaje escindido. Su
voz, que nos llega desde el último recodo de su vida, suena admonitoria, con
una gravedad casi tridentina que sólo se alivia gracias a ese recorrido
apasionante en que consiste el relato, el descubrimiento gozoso de la dicha, su
entrega entusiasta a la vida, a un amor apasionado, a una vocación asumida
honradamente. Pero esos sentimientos que van a configurar la cara positiva de un
hombre dichoso, pronto se van a ver contrarrestados
por la manzana envenenada que su imaginación atormentada imagina en cada uno de
los goces, en cada vericueto donde un día descubriera la felicidad. La
novela, que sorprende por la frescura del lenguaje y la sabia combinación de
elementos costumbristas y filosóficos, rebozados todos ellos por una elegante
elucubración de la experiencia, parecería un alegato acerca de la
imposibilidad del ser humano para alcanzar su plenitud, si no fuera por que la
salva esa vuelta de tuerca del protagonista hacia los predios de la infancia, el
retorno gozoso a esa fábula del hombre pobre al que una simple ardilla del
bosque le alecciona en el sentido de que, si el hombre quiere, puede ser el más
rico poseedor de todos los dones imaginables. El autor no se recata a la hora de
narrar la intervención del prodigio que salva la esperanza: "Dios ha
querido que, en los últimos tiempos de mi vida, encuentre
mi ardilla, como aquel mendigo del cuento que me contó mi padre hace ya
muchos años". Estamos,
pues, ante una fábula que nos salva del pesimismo en el último momento.
Confieso que he quedado fascinado por la pirueta última con la que Antero
sortea el pesimismo macabro de un personaje que parecía hundirse en el fracaso.
Si el Ciudadano Kane, en el postrer suspiro de su vida prepotente y excesiva,
invocaba, como si fuera un conjuro, un objeto de su primera infancia, de cuando
aún era posible la felicidad, Pedro, es decir, el novelista enmascarado en la
creación, acude a esos mismos espacios para tratar de demostrar que en todos
los sueños, esos primeros anhelos del hombre, se escriben sobre arenas
movedizas. |